Una espiral de insatisfacción

Esta semana comenzó con una noticia que removía uno de los debates más polémicos de la moda: la delgadez, en muchos casos extrema, de las modelos. Fue Marisol Touraine, ministra francesa de Sanidad, quien manifestó su deseo de imponer una evaluación médica a estas chicas de moda con el fin de evitar que su físico incite a la anorexia.

Paralelamente, se abre un interrogante: ¿éste es un tema que deben regular los estados o del que son responsables las entidades privadas? En principio, el Estado del Bienestar debe velar por eso que le da nombre y, aunque sea una promesa que a menudo se olvida, este tipo de pronunciamientos la recuerdan. Sin embargo, esto no es incompatible con que las empresas jueguen un rol importante.

Hoy día, vivimos una expansión de la llamada “responsabilidad social corporativa” (RSC) que responde a las demandas procedentes del consumo, que considera los productos y servicios algo más que eso, y que cada vez atribuye más relevancia al entorno en el que se desarrollan. Siguiendo este razonamiento, de las marcas de moda no sólo depende que sus artículos sean de calidad, sino que incluyan en su esqueleto valores como el respeto a la mujer, lo que supone rechazar la imposición estética de la delgadez.

La anorexia afecta de forma mayoritaria al sector adolescente, afectado por estas exigencias físicas que emanan del canon establecido. Un canon al que han antecedido otros muchos y que tienen, como todos, un alto índice de arbitrariedad.

Las consecuencias de colocar ese listón es que muchas personas quedan por debajo de él, lo que transmite un doloroso número de mensajes: quien no alcanza ese estándar parece no tener aptitudes para sentir que su cuerpo es bello. En ocasiones, cuando personas de mayor volumen se sienten seguras de sí mismas y lucen sus curvas sin vergüenza, son tachadas de ordinarias. Como si tener una talla cuarenta y ocho fuese una condena a una eternidad vestida con un saco de patatas.

Esta insatisfacción que genera la industria tiene la anorexia u otros trastornos alimenticios como uno de sus efectos, pero también otro que es, de hecho, su mayor motor económico: el consumo desenfrenado. No afecta sólo a personas que no cumplen ese canon y que recurren a la compra en busca de algo que les siente bien, lo que a menudo suele ser una ardua tarea porque las marcas convencionales tallan muy pequeño; sino que también influye en quienes sí cumplen la exigencia física.

Las pasarelas marcan unas tendencias que hacen sentir a cualquiera que lo que lleva está desfasado prácticamente al día siguiente de comprarlo. Y con tal de no verse en situación de exclusión por no ir “a la moda”, sigue perpetuando esa espiral que comprar y comprar.

La anorexia es la punta del iceberg de una sistemática de insatisfacción que perpetua la industria de la moda. Llegado un punto en el que la iniciativa privada parece pensar que “esto no va con ella”, no resulta descabellado que sean los estados quienes recapaciten y hagan lo que deben hacer: velar por la salud de la ciudadanía.

Imagen: Morguefile.com

  ¿Te gusta?

Laura Rockbell

Directora/Cofundadora

Sin comentarios todavía

Deja una réplica