¿Puede el fast fashion ser sostenible?

Algo está cambiando en la industria. Basta con observar cómo las grandes marcas de fast fashion, ésas que estudian y aplican las tendencias de consumo a su modus operandi, están haciendo esfuerzos por adaptar la sostenibilidad a ellas. Y quizá ahí está el problema, en que no se reinterpretan en clave de sostenible, sino que lo hacen a la inversa, tomando de ese enfoque lo que encaja con su modelo productivo.

Los materiales son el aspecto que más atención ha recibido por parte de marcas como H&M (Conscious Collection) y Zara (Join Life), que incorporan algodón orgánico y poliéster reciclado en sus colecciones. A pesar de ello, esta introducción se hace solo a medias, pues no cuentan con certificaciones independientes, sino que son ellas mismas las que afirman que sus tejidos son respetuosos. Siendo empresas tan poderosas, ¿qué les costaría contratar una auditoría de GOTS, por ejemplo?

Si el algodón orgánico es el gran protagonista, las condiciones laborales son las más olvidadas. Poco se ha oído mencionar sobre ellas, de hecho, en las etiquetas de H&M Conscious se pueden leer lugares de procedencia tales como Bangladesh o Camboya, sin rastro de certificaciones o declaraciones de comercio justo. Tras el derrumbe de Rana Plaza el 24 de abril de 2013, las empresas de moda rápida han trabajado por desvincularse de esas prácticas infrahumanas, negociando con sindicatos y pagando indemnizaciones. En cambio, a la hora de la verdad, siguen produciendo sus prendas sin garantizar un proceso trazable y transparente.

Revista Retahila - Fast Fashion

El hecho de que se fabrique fuera del país de origen de la empresa no tiene por qué ser negativo. Incluso a veces puede ser justificable, pues hay regiones especializadas en tejidos y en tipos de trabajo, de modo que en ocasiones es positivo deslocalizar algunos procesos. En cualquier caso, esta deslocalización debería hacerse en clave de calidad, no sólo por abaratar costes y aprovechar la permisividad legal de algunos territorios. Además, no hay que olvidar que llevar esa producción masiva a otro lugar, normalmente a una distancia como la que separa España de China, conlleva un aumento del impacto medioambiental, principalmente por el transporte.

Por razonables que resulten estos argumentos, lo más criticable es el ritmo de producción y consumo que estimulan estas marcas. La reflexión y la ralentización son dos características inherentes a la sostenibilidad: no hay obligación de renovar porque sí, sin una necesidad, premisa de la que sí parten las empresas de fast fashion. Su aplicación de dinámicas “pseudosostenibles” ha puesto sobre el tablero una pregunta: ¿es posible considerar “sostenibles” a estas marcas, a pesar de sus ritmos rápidos?

Para contestarla me remito a las palabras que Gema Gómez, fundadora de Slow Fashion Next, pronunció hace poco en Modaes: “Las grandes cadenas de fast fashion jamás podrán hacer moda sostenible (…), podrían ser sostenibles sólo si cambian su modelo de negocio”. Lo que sí es cierto es que funcionar de esta manera, incorporando materiales sin químicos por ejemplo, es menos malo que hacerlo a la antigua usanza… Pero considero vital que no nos dejemos embelesar por estas estrategias y procuremos enaltecer las muchas iniciativas que, si bien no son 100% sostenibles porque es prácticamente imposible, sí luchan día a día por acercarse a esa meta.

Que algo está cambiando es indiscutible: la conciencia en el consumo. Las personas se preguntan de dónde vienen los productos, qué repercusión global tienen sus actos o de qué manera pueden contribuir a que las circunstancias mejoren. Y eso lo sabe H&M y lo sabe Zara. Y saben que o lavan su imagen de explotadoras o el rechazo les explotará encima.

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Laura Rockbell

Directora/Cofundadora

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