La explotación de la novedad ficticia

La obsolescencia programada condena a los objetos a perecer en un momento dado, habitualmente anterior al máximo de vida útil que podrían llegar a alcanzar. Solemos vincularla con la electrónica, pero no es la única afectada. Los productos de moda también tienen una fecha de caducidad pactada, no tanto por la resistencia de sus materiales como por el valor de la tendencia, de la novedad.

¿Cómo justificar la compra de algo innecesario si no es presentándolo como nuevo, diferente? Para generar beneficios, es imprescindible vender, y para vender si no existe necesidad, hay que crearla. Aquí entran en juego las campañas publicitarias, que elevan las pequeñas variaciones a novedad estética. Parecemos no estar nunca “al día”, sino en el camino condenado de lo “de modé”.

Al entrar en ese círculo vicioso, de compras incesantes de ítems eludibles, de espirales de insatisfacción, se pierden de vista algunos aspectos que sería interesante recordar.

La brevedad de las temporadas

La novedad parece obedecer a las estaciones. Este razonamiento sigue cierta lógica, la de adecuarse a la temperatura propia de cada momento, pero también tiene sus lagunas. Las nuevas temporadas se presentan en todo el mundo simultáneamente, las grandes pasarelas son globales desde hace ya mucho. ¿Acaso se pasa el mismo frío en Madrid que en Moscú?

Dejando atrás este aspecto tambaleante, cabría preguntarse si con tantas temporadas al año (Primavera-Verano, Otoño-Invierno, Pre-Fall, Resort) existen márgenes para la creación de algo, ya no nuevo, sino válido. Eso considerando la frecuencia de las propuestas de las grandes firmas, que en las marcas fast fashion se dispara.

La pérdida de memoria

¿Por qué no echamos la vista atrás para comprobar si la novedad es genuina? No se requiere un repaso de décadas, sólo con remontarse unos meses se observan las similitudes entre productos “diferentes”.

Nos encontramos conduciendo en una autopista sin salidas. Sólo parece posible continuar hacia adelante a ciento veinte kilómetros por hora. Sin reducir la velocidad, resulta muy difícil ver los caminos de tierra que, aunque aún no estén asfaltados, pueden ser una mejor opción que seguir al volante, consumiendo combustible y sin rumbo.

La falta de originalidad

La tendencia actual a lo retro es innegable. Volvemos, por ejemplo, a los años 80, considerando que ahí podemos encontrar la novedad que no somos capaces de crear ahora. “En los años 80 se imitan los hombros grandes abullonados de la Época Victoriana”, cuenta la estilista Belén Màssia, quien señala el cuello alto, el de babero, la cintura ceñida y el estampado tapicero como otros elementos victorianos que inspiraron a la “original” década. “Una lazada finita, rodeando el cuello, es típica de la Época Eduardiana y de los años 80”, añade Màssia.

Esto no quiere decir que hayamos perdido la creatividad. Nada es completamente original, todo se inspira en algo que ya existe, aunque a veces ni siquiera corresponda al mismo campo de creación. Aún así, se hace necesaria una llamada a la honestidad. La toma de conciencia sobre esta realidad, la hegemonía de la inspiración, debería orientarnos a descalificar todas las supuestas y rompedoras novedades.

La solución para evitar ser cómplice del vórtice no es ninguna pócima mágica. Inclinarse por reflexionar antes de las compras, analizar los productos y compararlos con lo que ya tenemos, con lo que ya existe, es probablemente la mejor opción.

A veces los caminos de tierra tienen baches, son incómodos de transitar, pero si nadie pasa por ellos, acaban por olvidarse y nunca llegan a acondicionarse para los vehículos del cambio.

Imágenes: Morguefile.com

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Laura Rockbell

Directora/Cofundadora

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