Effortless chic, rebeldía en cautividad

Cerremos los ojos y pensemos en Charlotte Gainsbourg. La primera imagen que nos trae la memoria es la de una joven Patti Smith de figura espigada, algo lánguida, con la piel de nácar, y una desgreñada melena oscura que se ha convertido en su principal seña de identidad, amén de su contundente mandíbula. Como buen vástago del mítico Serge Gainsbourg, Charlotte se ha labrado una apreciable carrera cinematográfica marcada por la iconoclasia, la sofisticación y los personajes extremos, torturados y de carácter.

Su consolidación como estrella transoceánica le llegó de la mano de Lars Von Trier con la turbia Anticristo (2009), que le valió nada menos que el premio a la Mejor Actriz del Festival de Cannes. A partir de entonces, Gainsbourg se ha encargado de poner su personal toque de relajada sobriedad a las alfombras rojas de los festivales de cine más prestigiosos. Combina diseños de pasarela vistosos pero comedidos, con looks masculinos, siempre con gracilidad y con su despeinada melena al viento. No fuerza poses, sonríe discretamente, y despliega una expresividad corporal erguida pero liviana, como si los fotógrafos la pillaran de paso y ella se dejase capturar.

Charlotte Gainsbourg
Charlotte Gainsbourg

Charlotte Gainsbourg es uno de los iconos más reconocibles de una tendencia al alza que se ha dado a llamar effortless chic, que consiste en buscar el estilo personal en la comodidad, en la simpleza y en la aparente desconexión a los dictados de la pasarela por medio de prendas atemporales, de esas que no pierden vigencia, unisex, sobrias, y confortables.

Al igual que Charlotte Gainsbourg, hay otras tantas actrices abonadas al effortless, o que han coqueteado con él. Desde una jovencísima Julia Roberts, que demostró con aquel traje de chaqueta masculino en los Globos de Oro de 1990 que los iconos también se construyen transgrediendo normas de estilo, hasta Kristen Stewart, que ha hecho de la androginia macarra su sello de identidad, pasando por las siempre discretas Ariadna Gil y Pilar López de Ayala, dos de los máximos exponentes del effortless en España.

La regla de oro del efortless chic consiste en cultivar un look natural, desenfadado, sin estridencias, ligeramente desaliñado, y sobre todo que proyecte la idea de que no exige excesiva preparación ni rutina alguna. En cierto modo, el secreto está en hacer creer que no importa lo que uno lleva puesto, como si de una silenciosa reivindicación de lo anodino se tratase.

Julia Roberts
Julia Roberts

Es innegable que el effortless chic se ha convertido en una moda. Sin embargo, y he aquí la paradoja, su razón de ser estriba en ofrecer un espacio aparentemente libre de las prescripciones impuestas por la industria. Si hay algo que caracteriza al mundo de las pasarelas es su capacidad para inventar y reinventar conceptos. Es parte del ritual de integración de ciertos perfiles estéticos en su jerga preñada de neologismos con fecha de caducidad, en sus usos y costumbres, en sus élites, y en su maquinaria de compra-venta.

Un estilo espontáneo se convierte en una corriente programada, controlable y económicamente rentable.

El effortless chic no sólo no es la anhelada excepción de ello, sino que viene a confirmar la capacidad que tiene la industria para fagocitar propuestas iconoclastas y modelarlas bajo la luz de sus propios intereses de explotación comercial. No hay más que canonizar ciertos patrones estéticos más o menos reconocibles y unificadores para que un estilo espontáneo se convierta en una corriente programada, controlable y económicamente rentable. Ya no se trata de encontrar la comodidad en lo que uno decide vestir por propio criterio, sino en saber qué se ha de llevar para ser effortless. En otras palabras, ser original ha dejado de ser original.

Imagen destacada: Morguefile.com
Imágenes del post: Wikimedia.org

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Nacho Domínguez

Redactor jefe

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