El “efecto Zellweger”: juventud de quirófano

Año 1960. En plena eclosión de la Nouvelle Vague francesa, George Franju estrenó Los ojos sin rostro, un relato con aires de cuento gótico en el que un cirujano tan brillante como perturbado rapta a mujeres jóvenes a las que arranca la piel para reconstruir el rostro de su hija, desfigurado por un accidente. La máscara que cubre la cara de la chica sólo deja visibles sus grandes ojos, que son su único resquicio para huir de la locura que la acecha. Ella es la mayor creación científica de su progenitor, un inquietante testamento clínico que deja como legado la búsqueda obsesiva de la recuperación y conservación de la belleza.

Pese a la aparente generosidad de la devota empresa del cirujano, la joven acepta la ayuda con más resignación que esperanzas, forzada a asumir el rechazo de sí misma a la espera de un nuevo rostro que sea digno de ser mostrado. Algo similar le sucede a las actrices de Hollywood.

Envejecer ha condenado al ostracismo laboral a actrices que en el pasado fueron iconos de la industria.

La meca del cine vive sumida en el delirio por los elixires de eterna juventud, el embalsamamiento de la lozanía adolescente, y en definitiva la negación del paso del tiempo. Envejecer ha condenado al ostracismo laboral a actrices que en el pasado fueron iconos de la industria. Sin embargo, un exceso de retoques estéticos no sólo les depara la misma infortuna profesional, sino que también las convierte en diana de todo tipo de críticas destructivas, especialmente a través de las redes sociales.

Revista Retahila - Zellweger
Renée Zellweger.

Quizá el caso más sangrante sea el de Renée Zellweger. Tras varias y visibles operaciones de estética que la mantuvieron apartada del cine durante unos años, Zellweger reapareció en público en 2014 con un rostro que a muchos costó identificar con el recuerdo que tenían de aquella actriz mofletuda y cándida con un cierto aire a Doris Day. Sus ojos parecían algo más hundidos, y su piel no estaba tan tersa. Las hordas de comentarios en Twitter dieron lugar al concepto “efecto Zellweger”. A partir de ese momento, todas las actrices maduras que manifestasen síntomas de cambio físico sospechoso en alguna aparición pública quedaban sometidas bajo el escrutinio de la implacable opinión pública, que enseguida establecía comparaciones con Zellweger.

Uno de los casos más sonados de “efecto Zellweger” lo protagonizó Uma Thurman. En una de sus apariciones públicas en el año 2015, la mítica actriz de Kill Bill lucía una fisonomía sensiblemente distinta a la habitual. Suficiente para disparar toda clase de alarmas. Tras la avalancha de críticas en los medios y en las redes sociales, la actriz reapareció, con la cara que todos recordaban y echaban de menos, en un programa de televisión estadounidense. Según Thurman, la razón de aquel cambio de imagen no era otra que un juego de maquillaje con el que pretendía dar profundidad a su mirada. Pero ya era tarde. Titulares en medios de comunicación de todo tipo, críticas lamentables y lamentos varios conformaron toda una corriente de opinión a modo de espejo aún más deformante que el supuesto arreglo estético.

Uma Thurman.
Uma Thurman.

El argumento más repetido entre quienes criticaron tanto a Zellweger como a Thurman es que tras su presunto paso por el quirófano habían dejado de ser aquellas mujeres que nos deslumbraron en la pantalla grande hacía quince años. Es incongruente cuestionar la capacidad de las actrices de asumir el paso del tiempo tomando el pasado como referencia, máxime si analizamos los casos mencionados. Lo de Uma Thurman era cuestión de maquillaje, pero la transformación física de Renée Zellweger forma parte de un proceso de acostumbramiento a envejecer que ella misma ha reconocido públicamente. Quizá los que aún no se han acostumbrado a que el tiempo también pasa para los ídolos sean quienes critican sin piedad, sin filtro, sin idea.

Imagen destacada: Morguefile.com
Imágenes del post: Wikimedia.org

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Nacho Domínguez

Redactor jefe

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