El devenir de la mujer real

No se nace siendo mujer, se aprende a serlo. Con esta contundente frase, Simone de Beauvoir puso en controversia todo un entramado ideológico, simbólico, y también estético, que constriñe (en eterno presente) la identidad femenina, el “devenir mujer”. Aquellas palabras lanzadas al viento en la Francia de De Gaulle y de la posguerra, aquellas palabras que se anticiparon al explosivo Mayo del 68 y a los deseos de emancipación femenina, coincidieron con una de las etapas más fecundas de la moda. La capital del país galo, la sempiterna París, ostentaba también la capitalidad de la sublime alta costura y del práctico prêt-à-porter. Busto y caderas realzados y voluminosos, cintura ceñida a la mínima expresión. La silueta femenina canonizada por la moda parisina contorneaba una mujer extremadamente sinuosa, como dos semicircunferencias trazadas en paralelo.

Durante los escandalosos años 90, la industria entronizó en su propio Olimpo a un selecto grupo de modelos internacionales cuyos denominadores comunes estéticos saltaban a la vista con más claridad que su aparente diversidad étnica (todas juntas eran como una versión vitaminada de una campaña de Benetton). Nacía así la generación top-model. Figuras como Cindy Crawford, Claudia Schiffer, o Naomi Campbell fueron la encarnación de la belleza atlética, que buscaba la armonía en la conjunción de la esbeltez deportiva con la maximización de la turgencia apolínea.

Revista Retahila - Mujer real

Aquella generación de “material girls” barroquizadas por el kitsch, aderezadas con trajes prèt-à-porter y wonderbras, de melena frondosa y cardada, y consumidoras de Pepsi Light, tuvo su oveja negra en la indómita Kate Moss, una chica desgarbada, de mirada vacua y anatomía rectilínea que trasladó la rebeldía iconoclasta del grunge a las altas esferas de la moda. La exuberancia dio paso a la negación del volumen, el minimalismo, la extremación de la delgadez y el pecho pequeño. La androginia empezaba a asomarse tímidamente por las pasarelas mientras la moda se precipitaba hacia el filo del nuevo milenio y el delirio del efecto 2000.

Los cánones de belleza son, por tanto, parte indisoluble de la industria de la moda y de su historia. Ante las evidentes constricciones estéticas, cada vez más exclusivas y excluyentes, fundamentadas por los adalides de la pasarela, emergió una tendencia alternativa con aparente vocación iconoclasta que perseguía el noble propósito de democratizar la moda y reivindicar perfiles físicos más adaptados a la realidad: las conocidas como “mujeres reales”.

Las mujeres no habrían de adaptarse a la moda, sino la moda a las mujeres, y los diseños exclusivos tendrían vida más allá de la talla 38. El impacto social de este desafío a las convenciones entró pisando fuerte en las pasarelas a través de las “modelos de tallas grandes”, que combatieron la extrema e insana delgadez como ideal de belleza a la vez que visibilizaron cánones más compatibles y respetuosos con la propia genética.

Las mujeres no habrían de adaptarse a la moda, sino la moda a las mujeres, y los diseños vivirían más allá de la 38.

Sin embargo, la fragilidad del concepto “mujeres reales” reside en su misma idea de “realidad”. Si buscamos en Internet “mujeres reales”, los resultados más frecuentes nos devuelven la imagen de una mujer de silueta algo más redondeada, pero con vientre plano, piel tersa y figura de reloj de arena, a lo 90-60-90. ¿Hay espacio para las estrías o la flacidez en la mundo de la moda?, ¿no es, acaso, la delgadez constitucional de talla 36 igualmente real?

El concepto “real” en manos de la moda se ha convertido en una convención con reglas internas, en una etiqueta, y paradójicamente, no hay nada menos real (más artificial) que una etiqueta. Todo aquello que es clasificado es potencialmente canonizable, y por tanto, convertible en norma de seguimiento. Desde ese punto de vista, habría que plantearse si las “mujeres reales” liberan a la mujer, o a lo sumo, marcan un nuevo sendero que limita su “devenir”, lo que son y lo que deben aprender y aspirar a ser.

Imágenes: Morguefile.com

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Nacho Domínguez

Redactor jefe

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