3 barreras para el consumo de segunda mano

“¡Ay! ¿Pero esto es ropa usada?”, me preguntó una mujer, sorprendida, después de haber comprado un jersey en Espacio Enso, la tienda de segunda mano de la que soy propietaria desde marzo. “Lo siento mucho, pero si lo llego a saber no lo compro, ¡que es para mi nieta!”, continuó la señora. Quise defender al pobre jersey, explicándole que la mercancía estaba en perfecto estado, que existen muchos prejuicios en torno a la ropa de segunda mano. Ella me recomendó colgar un cartel fuera en el que anunciara la “peculiaridad” de mi negocio, para evitar disgustos como el suyo. Esta anécdota terminó con un par de resoplidos y la devolución del dinero en efectivo que la indignada había pagado por la prenda del escándalo.

No es el único desencuentro que he experimentado en estos meses tras el mostrador. En otra ocasión, una hija reprendió a su madre por mirar la ropa que colgaba de los percheros: “¡Mamá! ¡No lo toques! ¿No ves que es de segunda mano?”, decía, ahogando uno de esos susurros que pelean por ser gritos. Selecciono estas historias por no detenerme en otras muchas de personas que han mirado las prendas con interés y a los minutos se han marchado, tras leer el panel de presentación de Espacio Enso, que incluye “moda de segunda mano”. Sin duda, se trata de una situación que remueve mi pensamiento: ¿Qué es lo que provoca exactamente ese rechazo?

Revista Retahila - Segunda mano
Imagen: Morguefile.com
“La ropa usada”

Cuando me preguntan si la ropa que vendo es “usada”, corrijo respondiendo un educado “sí, es de segunda mano”. El vocablo “usado” nos transmite, en mi humilde opinión, tres ideas:

“Está sucia y en mal estado”

Que tanto la limpieza de las prendas como su estado o calidad son cuestionables. Observándolas con detenimiento (e incluso oliéndolas si se desea) se puede comprobar que la ropa está en buenas condiciones. Las prendas nuevas que venden las grandes cadenas provienen de los más recónditos rincones y, a menudo, han dado la vuelta al mundo debido a la deslocalización de la producción.

Las prendas nuevas provienen de recónditos rincones y las de segunda mano de un entorno cercano.

Por no hablar de la cantidad de personas que se prueban esas piezas a lo largo de un solo día o de las sustancias tóxicas (detergentes, tintes, blanqueantes) que plagan los tejidos. En cambio, las de segunda mano suelen proceder de un entorno cercano, a no ser que estén especializadas en importación, y llegan recién lavadas de casa o lavanderías.

“Es de otra persona”

Que el hecho de pertenecer a alguien antes las aleja de quien pueda comprarlas después, como si un objeto que ha sido poseído por una persona quedase marcado y no pudiera trasladar su propiedad. Esto afecta también a la ropa heredada.

El subtítulo de “la camiseta de mi hermana” o “los zapatos de mi tío” tarda en desaparecer. Una vez se regala esa prenda, el “de mi hermana” o el “de mi tío” son parte del pasado, y sólo deberían suponer un factor enriquecedor, no algo que reste importancia o valor.

“Ha sido desechada por alguien”

Que estén en una tienda de ese tipo implica que han sido desechadas por alguien en primer lugar, y queremos evitar la sensación de tener algo que ha sido descartado. Con cierta perspectiva, podemos apreciar que este descarte se produce también en tiendas convencionales, ¿o acaso las prendas nuevas que nos llevamos no han sido evaluadas antes por otras personas que han decidido prescindir de ellas?

Revista Retahila - Segunda mano
Imagen: Espacio Enso.
“La ropa para los pobres”

La segunda mano (que no la moda vintage) suele ser más económica que la primera y tradicionalmente se ha vinculado con acciones sociales o de caridad. Iniciativas como Humana o Madre Coraje persiguen este tipo de finalidades, aunque existen negocios de carácter privado (como Espacio Enso) que no necesariamente tienen esos objetivos.

Estas reticencias se relacionan con la necesidad de mostrar el estatus económico, cubierta por el consumo. Por ejemplo, a la hora de adquirir un coche, un Mercedes nos colocaría en una posición social más elevada que si nos decantamos por un Peugeot. Comprar prendas de segunda mano sería reconocer que no tenemos capacidad económica para hacernos con otras nuevas.

Cada cual puede juzgar la importancia de situarse en un escalón u otro del orden social, ¿pero qué hace pensar que llevar ropa de segunda mano se nota? ¿Qué hay del valor de sostenibilidad de esta opción de compra?

“La ropa de los muertos”

Esta barrera me parece curiosa (graciosa, incluso, a veces), pero no deja de ser un obstáculo real, especialmente para las personas más mayores. El hecho de vestir algo que perteneció a alguien que ya no habita el mundo de los vivos ocasiona cierta incomodidad. Sin entrar en el ámbito místico/religioso, no toda la ropa de segunda mano tiene ese origen, de hecho la mayoría suelen ofrecerla sus actuales propietarios (vivitos y coleando).

No obstante, no quisiera pecar de prepotente ni pesimista. La venta moderna de ropa de segunda mano, asociada a iniciativas privadas y no a ONG, es algo relativamente nuevo que, al menos en España, forma parte de la cotidianidad de esta generación y, si acaso, de la anterior. No podemos exigir un cambio de conciencia en un lapso de tiempo tan corto, sino seguir trabajando y divulgar las virtudes de esta opción de consumo.

Por supuesto, no todas las experiencias son negativas, pero de lo bueno ya hablaremos en otra ocasión.

¿Se os ocurren otras barreras?

Imagen destacada: Morguefile.com

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Laura Rockbell

Directora/Cofundadora

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